martes, 21 de octubre de 2014

"¡Yo viá quitarte el vicio de votar!"



No siempre fue  universal y secreto el voto en Uruguay, aunque la célebre sentencia artiguista  expresaba "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana".




Aldo Roque Difilippo

Actualmente nadie discute que todos los ciudadanos uruguayos tenemos derecho a votar. Que el voto además de obligatorio, es secreto, y nadie debe influir  en la decisión de una persona cuando ingresa al cuarto  secreto. Pero no siempre fue así.  Es más, durante muchos años había amplios sectores de la sociedad que estaban imposibilitados de hacerlo. Más allá de la célebre sentencia de José Artigas: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana" un reducido número de personalidades, hombres cultos de las clases acomodadas, ejercían su predominio relegando a la inmensa mayoría del país. Tal como lo expresa Real de Azúa "una modalidad pudorosa de democracia censitaria, en la cual los ricos y cultos (...) representaban al resto de la nación".
El texto constitucional de 1830 excluía de la elección, y por consiguiente de postularse a cualquier cargo, a sirvientes a sueldo, peones jornaleros, soldados de línea, "notoriamente vago o legalmente procesado en causa criminal", por "ineptitud física o moral"  por "hábito de ebriedad", por no saber leer ni escribir, por deudor fallido, o por ser "deudor del Fisco". La edad mínima requerida eran 20 años, o 18 si estaba casado. Todo esto para los varones, ya que las mujeres estaban excluidas de plano (recién comenzarían a votar en 1932), con lo que se relegaba a la inmensa mayoría del país.
En Uruguay apenas si votaba el 5% de la población.
Rolando Franco en "El sistema electoral uruguayo: Peculiaridades y perspectivas" (1986) explica: "se suponía que  tales personas se encontraban en una situación de dependencia económica tal que no estaban en condiciones de expresar libremente su voluntad política, lo que era bastante razonable, si se piensa que el voto era público". Como dato ilustrativo, en 1887, sobre 648.297 habitantes, votaron 34.497, lo que representa el 5,32% de la población; pero el sistema electivo tenía otros elementos que aportaban de todo menos transparencia a los comicios.
Foto: Jefatura de Política y de Policía de Soriano,
año 1910, el centro de poder político en el
  Siglo
XIX y principios del XX.

Los gatos y el fraude
Durante muchos años los uruguayos votaron mediante la balota, un sistema que se prestaba para todo tipo de artilugios.
Frente a la Catedral o la Iglesia del lugar se instalaban las urnas, donde concurrían los votantes. Previamente al sufragante el Registro Cívico Nacional le expedía la "balota", un documento donde figuraban sus datos, pero que carecía de foto e impresión dactilar. Esto ocasionaba diversas irregularidades, donde era común la intervención de los "gatos", individuos al servicio del partido dispuestos a votar con la "balota" de otro sufragante. El voto era cantado, y debía manifestarse a "viva voz". Esto facilitaba la coacción de las personas.
Los jefes políticos de cada departamento, elegidos por el Presidente, ejercían su poderío en la región, haciendo cumplir las órdenes recibidas del Poder Ejecutivo. "Jamás en época alguna se ha extremado, como en el presente el abuso y el fraude", denunciaba Juan José Herrera. (1)
Fraudes evidenciados en un cable de las autoridades de Mercedes a sus subordinados, en las elecciones de 1888: "Cueste lo que cueste, ha de triunfar el candidato del Presidente, porque así lo ordena éste telegráficamente".
Washington Lockhart (2) relata un hecho donde el caudillo Pablo Galarza hizo pesar su poderío: "les habló desde la puerta sin siquiera sacarse el sombrero. 'No vengo aquí a imponerme, pero vengo a manifestar que acabo de recibir telegrama del Presidente de la República, ordenándome haga triunfar la lista del General Galarza(!), cueste lo que cueste. Yo me retiro. Ud. queda ahí, General, para hacer cumplir la orden", recién sobre las 11hs. pudieron retirarse los 5 integrantes del Colegio Elector, desafectados a las orientaciones del Presidente, tras acatar la orden.
Con asombrosa capacidad de síntesis resumió esa filosofía de mando un comisario mientras molía a un paisano con el plano del sable: "­Yo viá  quitarte el vicio de votar!" (3)
Daniel Muñoz ("Sansón Carrasco") escribía en "La Razón" en 1893: "Ya no se repara en nada. Nada importa que el aspirante a elector solicite su papeleta en italiano o en ruso, ni que el postulante haya dejado apenas de ser párvulo, ni que el mismo individuo se presente ocho o diez veces llamándose una vez Pérez, otra Rodríguez, otra Fernández y dando tantos domicilios como nombres. Bástale al funcionario saber que el extranjero o el impúber o el Proteo responde a la combinación electoral de sus simpatías para que le expida credenciales de ciudadano, certificado con su autoridad que vive donde sabe que no vive, y que se llama como tiene la convicción de que no se llama".
Estas arbitrariedades pautaron el surgimiento del caudillismo. En el interior comienzan a fundarse los clubes políticos (en 1896 existían 25, en la mayoría de los departamentos de la campaña), difundiendo el pensamiento  opositor.
En la década de 1880 se hizo cada vez más apremiante la necesidad de protección, especialmente en las regiones apartadas del país, ante los atropellos de la autoridad.


Hacerle la vida imposible
Muchos de estos actos de prepotencia han quedado en el anonimato, pero como lo cita Enrique Mena Segarra, poco antes de 1897 "un par de infelices fueron retobados y arrastrados con caballos por un comisario". Desde el poder se impartían órdenes tajantes. En 1894, Miguel Herrera y Obes, Ministro de Gobierno de Idiarte Borda, hizo circular una orden a los Jefes Políticos: "La autoridad policial debe hacerse temer con severidad inexorable del malhechor que perturbe la autoridad y lleve la amenaza y la alarma al seno pacífico de nuestros habitantes (...) Los Jefes  Políticos no tienen ya que combatir ni destruir influencias del caudillaje, que están felizmente muertas".
Al "mal pelo" agrega Mena Segarra "es sencillo hacerle la vida imposible: una vez sabido que se atrevió a votar contra la lista del Jefe Político, se le puede acusar falsamente de abigeato, provocarlo para después meterlo en el cepo como castigo de su reacción, atentar contra su propiedad; si se decreta la leva ser  el primero en caer". Así se vuelve a producir el nucleamiento espontáneo alrededor del vecino de prestigio, "generalmente estanciero, siempre que posea condiciones de líder, pues su posición económica le  brinda mayores medios de defensa".
Los "gatos" jugaban su papel importante en las elecciones. Éstos brindaban sus servicios al partido, presentándose a votar con identidad falsa.
Milton Schinca (4), describe una de estas situaciones, que adquiere ribetes jocosos: "En cierta oportunidad, por ejemplo, se presentó un "gato" ante una Mesa Receptora, dispuesto a votar con la balota de un cura. El hombre aparecía bastante mal trajeado y con un rostro desapacible, que hacía pensar más en un malandra profesional que en un sacerdote. Cómo sería la facha que los de la Mesa entraron a sospechar que allí se les quería pasar "gato" por liebre; recurrieron a sus registros y el Presidente fue leyéndolo en voz alta:
-¿Oriental?
- Así es.
-¿39 años?
-S¡, señor.
-¿Soltero?
-Soltero.
-¿Presbítero?
Apenas si un relámpago de duda cruzó por el "gato", pero al momento contestó con perfecto aplomo:
-Si, por parte de madre".

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Notas:
(1)"Después de Artigas", Eduardo Acevedo, Monteverde, 1943.
(2) "Vida de los caudillos: los Galarza", Washington Lockhart, Banda Oriental, 1968.
(3) "Aparicio Saravia, las últimas patriadas", C. Enrique Mena Segarra, Banda Oriental, 1981.
(4) "Boulevard Sarandí", Milton Schinca, Banda Oriental, 1992.


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